sábado, 11 de junio de 2011

5.- MIROS: EUSINA Y OREY

El valle de las “águilas”, estaba situado hacia la mitad del Gran Valle, comenzaban sus dominios a orillas del río Nospe, y se adentraba hacia el oeste, en dirección a unas altas montañas, este valle, era de los más grandes que formaban el Gran Valle, y en el vivían las “águilas”, eran unos pueblos gobernados por las mujeres, como las amazonas, era un claro matriarcado, algo radical, hasta el punto de que apenas vivían hombres en las poblaciones principales.

Estaban gobernadas por una líder, cargo generalmente hereditario de madre a hija, o de abuela a nieta, algunas veces de tía a sobrina. Esta líder era instruida desde su nacimiento. A parte de ésta, había una compleja jerarquía, en esta jerarquía, destacaba el puesto de generala de los ejércitos. Encabezado casi siempre por la mejor guerrera, el puesto se conseguía después de años de ir ascendiendo por una larga cadena de niveles, hasta llegar al último, que consistía en vencer en combate a la actual generala, cosa que sucedía muy de tarde en tarde.

En este valle, desde tiempos remotos, dominaban las mujeres. La leyenda dice, que en un principio, era un pueblo normal en el que convivían por igual, los hombres y las mujeres, pero cada vez que eran invadidos por otras tribus mas belicosas, huían dejando todas sus pertenencias, que eran saqueadas o quemadas. Un día, la paciencia de las mujeres se agotó, y ante la cobardía y la pasividad de sus hombres, decidieron prepararse para la batalla, y hacer frente a los invasores, no eran muy duchas en la guerra, pero cuando una mujer defiende su hogar, su seguridad, su vida, y sobre todo sus hijos, puede llegar a ser invencible. Y así sucedió, mientras los hombres huían como otras veces, las mujeres defendieron el valle. A pesar de las muchas bajas causadas por las huestes invasoras, hicieron retirarse a éstas. Para cuando los hombres regresaron, indignadas, porque podrían haber conseguido una victoria mucho antes si hubieran contado con ellos, volvieron a coger las armas para expulsarlos de allí, haciendo que se retirasen a los confines del valle, a los lugares limítrofes y más alejados, que era donde seguían desde entonces.

Efectivamente, allí seguían, a la entrada del valle, al final del valle, y algunos, entre ellas, muy pocos, y para eso debían de demostrar gran valor, a veces en la guerra, y a veces con otro tipo de habilidades.

Por supuesto, las mujeres no prescindieron de los hombres, y siguieron comerciando con ellos, incluso, de vez en cuando, y solo cuando ellas querían, tenían relaciones con ellos, y les dejaban comerciar. Ahora, cada temporada del año, eran unos u otros, dependiendo de los productos, quienes estaban autorizados a entrar en los poblados principales. De esta manera, nunca había muchos hombres por allí, aunque eso sí, siempre había hombres disponibles.

En los poblados limítrofes, donde vivían habitualmente los hombres, también había mujeres, algunas castigadas y desterradas, otras venidas de otros valles, y otras porque lo decidieron así.

Los niños, al igual que en las cavernas, iban siendo, poco a poco, desplazados de los poblados de mujeres, para terminar lejos, a veces con su padre, si es que sabían quién era éste. Alguna vez, algún niño, se quedaba, pero siempre viviendo menospreciado e ignorado.

Las niñas se criaban con amor, y se las entrenaba para las diversas tareas que se realizaban, eso sí, todas ellas, eran buenas guerreras, temibles en la lucha, todas ellas eran entrenadas para luchar, incluso aquellas que no formaban parte del ejército permanente, eran entrenadas, las “águilas”, eran un ejército fuerte y organizado, muy bien estructurado. Eran grandes estrategas.

La mejor guerrera era Eusina, pero ella, no era generala de los ejércitos.

Eusina, fue abandonada al nacer, no era hija del valle de las “águilas”. Eusina nació en un poblado de hombres, nació de una mujer que no se atrevió a dejarse ver con ella, porque sus rasgos eran claramente iguales a los bárbaros guerreros invasores, aquellos brutos, la habían violado, al vivir tan lejos de la protección interior del valle, la sorprendieron, no pudo huir, al principio de su embarazo, pensó en dejar morir a la criatura, se devanó los sesos pensando si tendría valor para hacerlo. Luego pensó, que si, tal vez, era niño, nadie se fijaría en él, pero si era niña, tendría que esperar que no fuese tan morena como los invasores, que no tuviese ese pelo tan negro, porque la matarían, matarían a las dos.

Cuando nació Eusina, ya no hubo dudas, era muy morena, y con el pelo muy negro. La madre, durante el embarazo, había llegado a la conclusión de que no podría matar a la criatura que había llevado dentro. No sabía que hacer, estaba asustada. Al no saber tomar una decisión, se la ocurrió, que lo decidiese la generala del ejército. No quiso arriesgar su propia vida, así que, dejó a la niña en la casa de la generala, huyó de allí, y se fue del valle para siempre, para no saber el final, porque pensaba que si llegaba a saber de la muerte de su hija, no podría vivir con ello en su conciencia, prefería ignorarlo para siempre.

Cuando la generala se encontró a la niña en su casa, lo primero que pensó, fue en matarla, pero luego, su instinto de guerrera la hizo preguntarse, qué podría conseguir de aquella niña, si ésta, poseía los genes de su padre obviamente un invasor, y sin duda un gran guerrero, como todos ellos, todo eso unido, a su propio entrenamiento. Al día siguiente, comunicó el hecho, a la líder, y expuso su proyecto de entrenar a la niña, para ver si realmente tenía cualidades.

Antes de que la niña pudiese comenzar a ser entrenada, la generala, ya le había cogido cariño, ante la ausencia de hijas, puesto que de sus dos embarazos, solo había tenido dos hijos, se volcó con Eusina, y no se vio defraudada, a los diez años, ya era evidente, que Eusina no tenía límites.

Bajo la tutela de su madre adoptiva, iba aprendiendo cada vez más, hasta que la generala, ya no podía enseñarla nada más. Ella misma, era autodidacta, y cada vez, era más mortal con sus armas.

Pero, Eusina, no ascendía por la jerarquía del ejército, sus rasgos, delataban su procedencia, y por ese motivo, era discriminada desde su infancia, no tenía amigas, estaba sola con sus armas, por eso se dedicó a entrenar como si no tuviese otra cosa en el mundo, era despreciada por el resto, pero se la respetaba, porque era la protegida de la generala, más tarde era respetada, porque era invencible en combate.

Eusina, no pudo ascender, si hubiera podido, sería sin duda, generala, la mejor que habían tenido jamás, pues no se conocía a nadie como ella. No pudo ascender, pero las demás sí, y un día llegó el momento en que una de las capitanas, desafió a la generala, a su madre adoptiva. No era un combate a muerte, pero cuando una generala era vencida, la retirada era bochornosa, Eusina, antes del duelo, en medio del campo de entrenamiento, abandonó su habitual entrenamiento a solas, y se encaró a la capitana, ésta sonrió, y atacó, pensando que Eusina, estaba sobrevalorada, pero de un solo movimiento, la capitana cayó al suelo, su columna dañada, no volvió a andar. Nadie desafió nunca más ni  a Eusina, ni a la generala, hasta el día en que esta murió en combate contra los invasores, ellos, siempre ellos.

La muerte de su madre adoptiva, la sumió en la tristeza, se encontró sola.

Todas las tardes, cuando todas las demás abandonaban el lugar de baño en el río, ella acudía a bañarse sola, la gustaba bucear, y en una de sus inmersiones, se topó bajo el agua con una cueva natural, que ascendía hasta salir del agua. Oculta a la vista, la cueva tenía mucha claridad, que entraba por una enorme abertura que tenía hacia un lado. Eusina se encontraba muy a gusto allí, y frecuentaba la cueva.

Un día, descubrió en la cueva una cinta del pelo, una de las que se usaba habitualmente, era imposible saber de quién era, pero ahora sabía que no era la única que conocía aquel lugar. No quería perder aquel refugio, no tenía amigas, y la intimidad de la cueva la reconfortaba. Recogió el coletero que estaba perdido en una grieta, no sabía que hacer con él, y no quería buscar a su dueña, porque si no, sabrían de su refugio, fuese quién fuese la dueña. Salió de la cueva, buscó una pequeña pizarra, cogió algunas tizas, y lo introdujo en la cueva. Puso todo a la vista, el coletero al pie de la pizarra, y en ella escribió un mensaje diciendo “he encontrado este coletero”. No escribió nada más, no quería asustar a su propietaria, porque en cuanto supiese su identidad, la rehuiría.

A partir de ese día, cada tarde, encontraba una respuesta a sus mensajes: “gracias, te lo agradezco mucho”, “no tiene importancia”, “te ruego que no comentes mi presencia en esta cueva”, “ni tu la mía”, etc.

En esa cueva, encontró la amiga que nunca había tenido. No quería preguntar su nombre, porque tampoco quería revelar el suyo, lo extraño, es que la otra mujer, tampoco preguntaba, era obvio, que las dos preferían ocultarlo.

A través de la pizarra, fueron descubriendo la soledad de cada una, y esperaban con impaciencia los mensajes de la pizarra, e incluso, algunos regalos que comenzaron a dejarse. Un día, Eusina se encontró una especie de líquido para lavar su pelo y su cuerpo, olía muy bien, de una forma muy peculiar, diferente a los que usaban otras mujeres.

A veces, Eusina se preguntaba, cómo podía ser que su nueva amiga, no coincidiese con otras mujeres en el baño, o si a lo mejor, acudía sola después, o si se estaría riendo de ella con sus amigas, o si sería capaz de bañarse por la mañana, cuando el agua aun estaba muy fría. Pero no importaba, porque tenía una amiga, que era lo único que la impedía huir de aquel valle para siempre. No tenía curiosidad por saber quién era, a veces, por los mensajes, deducía que era una adolescente, pero otras, cuando descubría alguna huella, veía que era una persona adulta, no conocía a nadie que pudiese corresponderse con algunas de las cosas que le decía en la pizarra.

Durante casi dos años, se contaron cosas en la pizarra, sin saber con quién estaban hablando, se regalaron cosas, se echaron de menos cuando por algún motivo no acudieron a la cueva en determinados días, se gastaron bromas siempre que leían un “estoy triste”.

La relación era extraña, Eusina, trataba de imaginar quién sería su amiga de entre todas las mujeres que vivían allí, pero pronto desistía de averiguarlo, porque no la gustaba ninguna de ellas, el día que lo supiese se terminaría el juego para siempre.

El día que lo supo, empezó todo.

Aquel día, era algo más tarde cuando se introdujo en la cueva. Al pie de la pizarra, estaba depositado con mucho cuidado, sujetado con el coletero que comenzó con aquella amistad, todo el pelo rubio de la cabellera de una mujer. En la pizarra, estaba escrito, “ahora, ya sabes quién soy”.

Orey, era Orey. Orey, era el caso contrario de Eusina. Orey, había nacido dentro de la familia de más alta alcurnia, nació después de cinco hermanos, todos varones, su madre era bastante mayor cuando nació, lo cual dio lugar a una pequeña deficiencia, casi no se notaba, es más, no se notó durante mucho tiempo, y es que Orey, fue normal hasta la adolescencia, donde su edad mental pareció quedar estancada, era igual que una niña, pero con unas facciones portentosas, todo su físico era un portento de belleza. Su madre, se volcó con ella, Orey, era la heredera del liderato de las “águilas”, puesto que su abuela, poseía ese cargo.

Pero al llegar a la adolescencia, y ver que Orey no maduraba, tanto su madre como su abuela, ocultaron este hecho a las demás, y apartaron a Orey del mundo social, educándola en solitario para ser una líder decente. Resultaba muy difícil, hacer que Orey tuviese picardía, maldad, o cualquier otro sentimiento que no fuera estar contenta.

Era asombrosamente guapa, alta, esbelta, y con un pelo muy rubio, lo cual no era muy habitual entre ellas, pues casi todas eran morenas, no tanto como Eusina, pero morenas, como mucho tenían un pelo color castaño claro, que en ningún caso, se acercaba a la espectacularidad del pelo de Orey. Ella, cuidaba su aspecto, siendo su principal preocupación su pelo, frecuentemente, inventaba diferentes mezclas de sustancias para tratarle, a veces estas sustancias, venían mejor para la piel, y esas eran la mayoría de sus preocupaciones, para desesperación de su madre y su abuela. Además, no mostraba ningún interés por liderar a nadie.

Orey, para las demás era una persona distante, y cuando la veían en público, solo veían su aspecto envidiable e intimidatorio, algunas la envidiaban, y la mayoría, la odiaba. En público, nunca hablaba, y se mostraba seria y taciturna, lo cual era interpretado por todas como un signo de altivez y presunción, cuando en realidad era la soledad lo que la entristecía, el no tener amigas, o el estar perdiendo el tiempo mientras podía estar ocupada en otro sitio.

Era gran amante de los animales, y nunca había entendido el desprecio de sus compañeras por los niños varones, a ella la encantaban, aunque pronto se les prohibió acercarse a ella. Se pasaba horas con diferentes animales, ya que eran los únicos amigos que su madre la permitía.

Orey no comprendía nada de lo que su madre intentaba inculcarla, y ésta, estaba a punto de ceder en su empeño, no quedando más remedio que apartar a Orey del posible liderato.

Cuando murió su abuela, su madre estaba muy enferma, y además no quería ya el liderato, así que, reunido el consejo, se acordó nombrar como líder a una de sus primas mayores. Edeca.

A Orey, este nombramiento no la importó, porque no aspiraba a ello, ni siquiera se molestó en asistir, y se quedó al lado de su madre enferma. Orey no era muy inteligente para los demás, pero sin embargo, era inteligente a su manera, de una manera poco convencional, es decir, era muy inteligente y sabia en lo que se refería a los temas que de verdad la importaban.

Orey no tenía amigas, al menos amigas visibles, porque en su cueva secreta, tenía una, no sabía quién era, porque tenía miedo preguntárselo, sobre todo, no quería que se supiese su propia identidad, pues era consciente de la indiferencia y las burlas de las demás hacia su persona.

A penas conocía a nadie, y cuando su madre murió, se ocultó en su cueva. La pizarra decía: “te he traído fruta”, “necesito más champú, me ha venido muy bien, gracias”. Y ese mensaje sencillo, que reconocía sin más, que había encontrado una buena mezcla, efectiva y con buena fragancia, la hacía sentirse realizada, a veces, incluso, se sentía tentada de revelar su identidad, pero tenía miedo de perder esa relación de la pizarra y la cueva.

El nombramiento de su prima Edeca, fue su perdición, su prima la odiaba por tener ese aspecto, la odiaba, porque hasta entonces se había interpuesto en sus pretensiones de liderar a las “águilas”, la odiaba por todo. Con la muerte de su madre y de su abuela, y a raíz de su aislamiento, se había quedado sola, más desamparada que nadie. Ella veía a otras también solas, pero siempre tenían a alguien, incluso la gran Eusina estaba sola, y era un alma solitaria, que además no tenía a nadie, pero ella  era más fuerte, era temible, nadie se atrevería a enfrentarse a ella, la envidiaba, envidiaba su independencia, aun que sabía de su soledad, Eusina era grande y además podría defenderse.

Orey y Eusina, jamás habían hablado entre ellas, nunca habían estado cerca una de otra. La imagen que se habían hecho una de otra, era totalmente errónea.

La noche del nombramiento, su prima Edeca estaba eufórica, nadie se podía interponer en su camino, estaba ebria de poder, y cuando vio aparecer a Orey, su sola presencia la hizo recordar toda su vida, su vida mísera, como segundona, que nunca llegaría  a gobernar, y encima eclipsada por la belleza de Orey. Ebria como estaba, se burló de ella, la humilló, y no contenta con eso, mandó que la rapasen el pelo.

Orey lloraba desconsolada, recogía con amor su cabello, años de cuidados, lo más valioso que tenía, su pelo por la cintura, perfecto, cuidado, aseado, allí, cortado a sus pies. Lo recogió del suelo, y corrió, tras ella, todavía se oían las risas. Pasó la noche en vela, acarició su cabello una y otra vez, lo ató con aquel coletero, el que simbolizaba a su única amiga, se preguntaba si ella también se contaría entre las que se reían, si así era, prefería morirse que saber quién era. Eso sí, fuese quién fuese, sabría que era Orey la chica de la cueva. Como siempre había hecho, acudió al baño a primera hora del día, para no coincidir con nadie, se introdujo en la cueva, depositó allí su pelo, y escribió en la pizarra: “ahora, ya sabes quién soy”. Y se fue huyendo, sin sentido, sin comida, sin agua, notando un nuevo frio desconocido en su cabeza pelada, llorando, corriendo hacia las montañas, solo quería morirse.



Eusina no se había reído, había despreciado a su nueva líder por eso, en aquel acto, Eusina ya no tenía líder, era una guerrera independiente, deseó evitar aquella humillación, pero no podía atacar a todo un ejército. Se sintió avergonzada de su pueblo, ese nunca había sido su pueblo, ni aquella había sido nunca su gente.

Durante toda la mañana, Eusina preparó sus armas, y su mochila para irse de aquel lugar vergonzoso. A su alrededor había un gran alboroto, la nueva líder, enterada de la huida de Orey, se sintió envalentonada, y vio una justificación en la deserción para acabar con Orey, ofreció una recompensa a quién la capturase, no lo dijo oficialmente, pero se encargó personalmente de que todos los cazarrecompensas, mercernarios y demás escoria, supiesen que no importaba lo que hiciesen con Orey después de capturada.

Eusina, sabía de esas maquinaciones, y en ese momento, sintió lástima de Orey, nunca había hablado con ella, y nunca se había imaginado que sufriese ese odio tan parecido al que sufría ella misma.

Al atardecer se puso en marcha, al pasar por el río, decidió despedirse de su amiga, se preguntaba si esa amiga de la cueva se habría reído también de Orey. Cuando entró en el cueva, se enfrentó a la verdad, aquel cabello y aquella cinta, representaban lo único bueno de aquel valle.

¡Orey!, de pronto se acordó, la estaban persiguiendo, estaba en peligro de ser agredida, violada, y lo que es peor de que la trajesen de nuevo. Recogió el cabello, lo guardo en su mochila, y salió corriendo. Tenía una ventaja, que ella sabía que ese era el último lugar donde había estado Orey, y había encontrado sus huellas, era una buena rastreadora, pero los demás, tenían medio día de ventaja.

Eusina, corría, se fue encontrando con gentes de la peor ralea, les ignoró, pero la fueron orientando. Se corrió la voz de que Eusina buscaba a Orey, y pensando todos que buscaba la recompensaba se fueron apartando a su paso.

Corrió todo el día y casi toda la noche, para recuperar el medio día perdido, Orey se encaminaba hacia las montañas, si no la mataban los lobos, terminaría, en un cueva de aquellos salvajes, ojalá la encontrase “Queñín”, con el todavía se podía negociar, si la encontraba Nano... no quería ni pensarlo.

Eusina, no entendía cómo podía correr sin detenerse y no caer exhausta, se preguntaba cómo podía resistir Orey.

-         Debí revelar a Orey que era yo. – se dijo- Y ahora comprendo que ella tampoco me revelase su nombre.

Llevaba dos días corriendo, cuando oyó voces, dos hombres tenían acorralada a una perra, y en el suelo, inconsciente, Orey, defendida por aquella perra. Se disponía a atacar, cuando otro hombre, apareció en el claro para enfrentarse a los otros, esperó y vio toda la escena, aquel hombre, podía haber huido, pero era tan fiel a su perra, que no la quiso abandonar, cuando ésta no se apartó de Orey. Aquel detalle, de arriesgar la vida por un animal, la avergonzó de nuevo, ella no había hecho lo mismo. Irrumpió en el claro cuando ya los adversarios de Miros eran muchos, y cobardes, como no, desaparecieron rápidamente. Pero el hombre que tenía enfrente, no era un cobarde, tuvo que luchar con él, y a decir verdad, era el mejor adversario que había tenido nunca, estaba empezando a lamentar tener que matarlo, cuando el se rindió.



Eusina, se arrodilló al lado de Orey, que estaba recobrando el sentido. En cuanto Orey vio a Eusina, se alarmó pensando que iba en su busca, pero Eusina la tranquilizó, y la enseñó su cabello cortado.

-         Tranquila Orey, no vengo para llevarte de nuevo, vengo para ayudarte.

-         ¿Tú?, Eusina, no puedes ayudarme... ¿Por qué?

-         Porque yo soy tu amiga, yo soy quien introdujo la pizarra en la cueva del río. Mira, aquí tengo tu pelo, el que me dejaste allí.

-         ¿Tú? –dijo Orey, incrédula- cómo vas a ser tu la de la cueva, no puede ser, tratas de engañarme.-gimoteó-.

-         No, yo no necesito engañarte. Si no fuese por este animal y este hombre, habría llegado demasiado tarde, te habrían violado, o matado, ha sido una temeridad irte.

-         Sí, recuerdo al perro. Pero me resulta muy difícil creerte, eres la última persona en quien hubiese pensado que sería mi amiga en la cueva.

-         Si no me crees, huele mi pelo, tiene la fragancia de esas sustancias que inventas. Huelo igual que tu, por eso la perra ha dejado que me acerque seguramente.

-         Sí, reconozco el olor.

-         Y ¿quién es ese hombre?

-         No lo sé, Orey.

-         Soy Miros, y la perra que es quien de verdad te ha salvado, “Luna”.

-         ¿De qué valle eres?

Y Miros, encogiéndose de hombros, comenzó a prepara algo de comer, y una pequeña hoguera, mientras iba contando su historia.

Mientras comían, también ellas contaron su vida. Era curioso para Miros, ver como, a pesar de conocerse de toda la vida, ambas mujeres se descubrieron en ese momento, mientras comían. Fue sorprendente, la historia de la cueva, la soledad de ambas, tan diferente de la vida de Miros, tan acompañado, siempre rodeado de amigos.

La soledad de los últimos días, había sumido a Miros en una profunda tristeza, y al ponerse en el lugar de las mujeres que tenía enfrente, se sentía abrumado por la triste vida solitaria de ambas.

Allí, en el medio de aquel bosque, parecían una nueva familia. Orey estaba agotada y se quedó dormida a media tarde. Mientras tanto, Miros y Eusina, intercambiaron opiniones. Eusina no sabía qué harían a partir de ahora, pero Miros, se había propuesto ayudar a Nuño, al contar su plan a Eusina, ésta decidió ayudarle. Eusina conocía el camino hacia la cueva de “Queñín”, y le llevaría hasta allí.

-         Estoy segura de que  “Queñín” no te ayudará,-dijo Eusina-, se muestra sobreprotector con su familia, con todos los que cobija, y si fracasases, se vería involucrado en una guerra que podía perder. De momento, está amparando a todos los jóvenes desde hace tiempo, pero todavía no está seguro de ganar a los otros juntos.

-         He hecho una promesa, y no tengo nada más por qué vivir, solo tengo esa promesa, estoy cansado de injusticias, y me enfrentaré a todas las que pueda hasta que muera, lo cual, en esta empresa que me he propuesto, ocurrirá pronto.

-         Miros, Orey está muy cansada, es como una niña grande, necesito explicar la situación en que nos encontramos, y no se como decírselo. He pensado en pedir a “Queñín” que nos deje quedarnos con él hasta que esté repuesta. Y con suerte, conseguiré que al menos no intervenga contra ti.



Al día siguiente, se encaminaron hacia la cueva de “Queñín”. Cuando llegaron, él ya estaba esperándoles. Miros quedó fascinado por el tamaño de aquel hombre, su hermano Tilo rondaba los dos metros, pero “Queñín”, era más alto, y sin duda más ancho.

Cuando le explicaron el plan, parecía más preocupado de los hombres de la montaña que del propio plan. Como había vaticinado Eusina, no accedió a acompañar a Miros, pero consiguieron que al menos no se uniese a Nano, y que cuidase de Orey. Ésta, estaba encantada en aquel lugar, sentía tal satisfacción al verse rodeada de niños, y que nadie viniese a prohibírselo que estaba radiante, hasta el punto de olvidarse de su cabeza rapada.

Eusina acompañaría a Miros, y si éste fracasaba, tenía dos opciones, intervenir, o volver para recoger a Orey y escapar de allí. Eso, lo pensaría sobre la marcha. Le había impresionado el coraje de Miros, pero no se jugaría su propia vida, y menos ahora que tenía una amiga. Esa mañana, se habían reído mucho las dos, cuando una niña de unos once años, le había pedido a Orey que le cortase el pelo como ella, a Orey la costó trabajo convencerla de que no le quedaría bien, y que su aspecto era temporal, la anécdota no era muy importante, era una muestra más del cariño que Orey ofrecía a todo el mundo, como se hubiese olvidado su propio drama de un día para otro. Pero aquellas risas juntas, habían provocado en Eusina, la mejor sensación de toda su vida.

5 comentarios:

eddie dijo...

por ahora es el capitulo que más me ha gustado de todos, junto al primero...

sobre todo a partir del descubrimiento de la cueva es cuando más me ha gustado y enganchado.

saludos.

Pluma Roja dijo...

Buenas noches, te sugeriría (disculpa la intromisión), que procuraras acortar un poco tus capítulos, son excesivamente largaos. Llegué con el deseo de leer todo el capítulo pero mentiría si dijera que lo hice, tendré que regresar a terminarlo Llegué hasta el descubrimiento de la cueva; hasta allí, me pareció bastante bueno este capítulo. Ágil y mantienes la atención del lector.

Saludos cordiales,
Hasta pronto.

Ruben dijo...

EDDIE: Loo primero, sigo sin poder comentar en tu blog, pero me sigo pasando a leerlo.
A mi también me gusta mucho este capítulo.

PLUMA ROJA: Ya se que son largos, son capítulos de un libro, y hace años que estan así divididos. De todas formas, estos son los capítulos más largos.

Eduardo Fanegas de la Fuente dijo...

Pienso lo mismo que Eddie, es el mejor capítulo. Tanto por la historia, por cómo la enlazas. Está genial :-)

Ruben dijo...

Ya dije que este capítulo era mi debilidad.